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Mis monstruos

Mis monstruos Me acercaba aterrado hasta la puerta, y cada noche la abría en un suspiro para asomarme en otro y ver que no había nada en dentro del armario. Este ritual se había convertido en un acto metódico, en un pacto secreto entre mi monstruo, en que a cambio de fidelidad él me dejaría tranquilo. Mi monstruo me seguía dónde fuera, estuviese en mi casa o de visita, y cada noche repetíamos el consabido ritual en el que yo abría aquella puerta confiando en no verlo y él se encargaba de desaparecer a tiempo. Ni una sola vez incumplió el contrato, nunca se me abalanzó al abrir la puerta ni se le ocurrió abrir otra parcela de la habitación. Los días serían míos, pero cada noche me dejaba someter dentro de esa especial complicidad. Oscuridad y luz se hacían entonces intensas, y entonces disfrutaba y apreciaba cada minuto de magia que hay en todo lo que nos rodea, para luego caer en esa extraña espiral que nos lleva hacia los sueños, y que aún después de despiertos sigue llamándonos en un leve y dulce impulso para que sigamos soñando y nos olvidemos de todo lo real.

Crecemos. Y una noche abrimos la puerta con sorna para romper el pacto sin saber porqué y a la vez decir en voz alta, muy orgulloso que allí no hay nada, que basta ya de tonterías...
Crecemos y nos empeñamos en romper la magia. Mi monstruo se hizo entonces pequeñito y se quedó a hibernar en un rincón. Dejó que creciera valiente, alto, fuerte, que encajase bien en la sociedad, y sólo alguna vez volvió a abrir los ojos de noche para recordarme que él no rompería el pacto. Pero yo me revolvía en la cama, y de un plumazo sacudía su recuerdo de mi cabeza, ignorándole como se aprende a ignorar las cosas mágicas de la vida cuando uno se hace mayor y empieza a querer ser eso que llaman “serio”

Hoy amo y trabajo, y he cambiado muchas veces de armario, y cada día me enfrento a miedos arrogantes que no se cortan en golpearme dónde más duele cada vez que quieren. Tengo mi princesa y lucho contra dragones de diez cabezas por ella, tengo mi trabajo y cada día veo una herida nueva para ver al día siguiente como en vez de curármelas los monstruos malos se encargan en salármelas, en darme más dolor aún.
Hoy añoro a aquel monstruo modesto que me enseñó a sentir la infancia y no intentó detenerme en mi juventud. Y aún, alguna noche, me acerco al armario y, mientras acaricio su puerta, pienso que tal vez sigue esperando pequeñito en su rincón encanecido y lleno de polvo, esperando que vuelva a los sueños y me deje introducir de nuevo en nuestro viejo juego, cómplice, consabido, acogedor...

Escuchando [Dredg - Sanzen]
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